Apple Office es una oficina sin empleados. Un espacio clínico, luminoso y silencioso en el que los objetos parecen haberse emancipado de la función. Las piezas —volúmenes impresos en 3D, blancos, estandarizados— evocan prótesis, herramientas, fragmentos de maquinaria o dispositivos tecnológicos que han perdido su propósito original.
El título alude a la estética corporativa de la tecnología contemporánea —blanca, pulida, minimalista—, pero también a la idea de un cuerpo mecanizado, de una oficina en la que la producción ya no pasa por el trabajo humano sino por la automatización, la higiene y la superficie.
Cada forma, generada digitalmente, oscila entre lo orgánico y lo industrial: engranajes que no engranan, cubos perforados, anillos gigantes y cápsulas táctiles que recuerdan tanto a juguetes terapéuticos como a órganos artificiales. En su conjunto, las piezas conforman una especie de inventario anatómico de la era posthumana: un laboratorio de interfaces, donde el tacto se convierte en diseño y el diseño en síntoma.
Apple Office propone una mirada al fetichismo de la forma pura y al deseo de control que atraviesa el imaginario tecnológico. Frente a la promesa de transparencia y eficiencia, las esculturas revelan la ansiedad de un sistema que estetiza lo aséptico y convierte la piel, el objeto y el conocimiento en una misma superficie blanca.